El siguiente relato corresponde sólo a los recuerdos de un adolescente de 13 años que vivió en carne propia una de las crisis económica, política y social más importantes de la Argentina. Aquel 26 de junio de 2002, un convulsionado clima se había apoderado de las calles de la ciudad de Avellaneda, como venía sucediendo desde hacía meses a lo largo y a lo ancho de la nación. Pero esta vez, era distinto. Las autoridades de la escuela pública a la que asistía habían tomado la decisión de cerrar el establecimiento. Sólo aquellos menores que eran retirados por sus padres podían salir. Él se fue bajo la tutela de la madre de su mejor amigo hacia su departamento, ubicado a media cuadra de la avenida Mitre y a otros tantos metros de la estación de trenes. No estaba contento, pero tampoco tenía miedo. Las protestas de ese estilo eran una constante a la que se había acostumbrado.
Asomado en el balcón, observó cómo las columnas de manifestantes marchaban por la principal arteria del partido hacia la avenida Pavón. La policía los esperaba a cerca del Nuevo Puente Pueyrredón. Por lo que se podía saber a través de los medios, no los dejarían pasar así nomás. Nada nuevo hasta ese momento. Unos minutos después, se empezaron a escuchar cada vez gritos y bombos; se veían los restos de gases lacrimógenos y los militantes tratando de refugiarse, corriendo para todos lados. Algunos piedrazos, que no sabía muy bien de dónde partían, destrozaron las vidrieras de bancos y comercios. Ingenuo, sin comprender en su totalidad lo que acababa de ver, ingresó nuevamente a la casa. Poco pasó hasta que alguien encendió la televisión: dos jóvenes que participan de la movilización habían sido asesinados en el playón de la estación Avellaneda. Según las informaciones en vivo, ellos habían agredido a la policía. Tal vez estaban armados, nadie lo podía saber en verdad.
Al cabo de unas horas, cuando le parecía que los ánimos se habían calmado, se fue para su hogar. Miró algunos fragmentos de noticieros, se puso triste. Su mundo casi infantil, sin maldad, se desintegraba a cada segundo. Es que vinculaba la terrible crisis que sacudía al país con las dramáticas escenas que enlutaron la Plaza de Mayo en diciembre de 2001. También la relacionaba con la muerte de su abuela ocurrida en febrero pasado. A su modesto entender, su “abue” no soportó la preocupación de ver a toda su familia sin empleo y escuchar pronósticos apocalípticos en todos los canales de televisión. Ahora la crisis, según pensaba y le hacían creer, sumaba dos víctimas: Maxi Kosteki y Darío Santillán. A pesar de que las versiones periodísticas del momento casi justificaban sus desapariciones, él no quería ver más muertos. No le gustaban. Por el dolor y la impresión, ni al velorio de su abuela había ido. Fueron épocas muy difíciles para él y para todos los argentinos.
Hasta 2009 tuvo que esperar para comprender la magnitud y el significado de los incidentes que había visto tan de cerca aquel día. Él ya estaba crecido, tenía 19 años, estaba de novio y había comenzado la facultad. Transitaba, no sin dificultad, el segundo año de la carrera en Comunicación Social. Fue en el marco de una materia, dedicada a analizar la construcción de sentido por parte de los medios, que pudo entender lo sucedido. Gracias a un documental se le cayó la venda de los ojos. Maxi y Darío habían sido asesinados por la policía, en una maniobra que respondía a intereses políticos. Muchos de los canales, radios y diarios llevaban adelante una operación de prensa cuyo principal objetivo era tapar los graves hechos en los que predominó una actitud represiva de las fuerzas de seguridad del Estado. Una foto había dado lugar a la famosa tapa de Clarín: “La crisis causó dos nuevas muertes”. Lo cierto es que esa maldita crisis, la misma que había dejado sin trabajo a su papá –un obrero metalúrgico que pasó 30 años en la misma empresa hasta que fue despedido a fines de la década del 90 por el cierre de la industria- y había contribuido al fulminante paro cardíaco que acabó con su abuela, no había causado dos nuevas muertes. La culpa fue de la corporación policial bonaerense que contó con aval político para efectuar una masacre entre miles de personas pobres y desocupadas que reclamaban vivir con mayor dignidad.
Ahora, ya graduado y trabajando como periodista, pudo conocer al fotógrafo que 10 años atrás había captado los instantes precisos en que el comisario Franchiotti ejecutaba a los jóvenes en Avellaneda, la tierra que él tanto ama y que durante aquel 26 de junio se regó de sangre. El trabajo de “Pepe” Mateos, uno de los reporteros gráficos de Clarín enviado a cubrir la movilización, no sólo sirvió para que la empresa de Ernestina Noble confeccionara una de las tapas más controvertidas de la historia del periodismo nacional. Sus imágenes también sirvieron para echar luz sobre los trágicos acontecimientos acaecidos en la estación de la ex línea Roca, próxima a ser rebautizada con el nombre de “Darío y Maxi”. Con el resto de sus fotografías, aparecidas en los días posteriores en las páginas del “gran diario argentino”, las dudas desaparecieron por completo: ambos habían sido fusilados a sangre fría por los uniformados.
A pesar del paso del tiempo, el dolor no se va. La impunidad, tampoco. Ahora él tiene que leer cómo Franchiotti, al igual que sus cómplices, disfrutan de un régimen carcelario abierto en el penal al que recién fue trasladado. La impotencia va en aumento, además, porque en este tiempo tuvo que lamentar otros asesinatos en medio de protestas sociales o políticas. Tanto el maestro Carlos Fuentealba como un joven militante del Partido Obrero, llamado Mariano Ferreyra, fueron acribillados por reclamar mejores condiciones de trabajo y calidad de vida. Bastaron unos cuantos disparos para acallar sus voces y ponerle fin a sus sueños. Lamentablemente, los cuatro se han transformado en mártires de luchas silenciadas a balazos y por ellos siempre habrá que mantener activa la memoria pidiendo justicia y castigo para los responsables. Pero él no quiere tener más luchadores a los que admirar por su entrega y su trágico final; prefiere que estén vivos para conocerlos o tal vez para entrevistarlos o vaya a saber uno para qué. Él ya no desea sumar mártires a la lista. Y yo tampoco.
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